Dios es joven

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El papa Francisco examina el futuro de la Iglesia Católica en esta llamada, urgente y profundamente personal, a todos los creyentes para que construyan un puente entre generaciones. 

Desde su nombramiento en 2013, el papa Francisco ha revitalizado a la Iglesia Católica y se ha convertido en uno de los líderes globales más populares. Ahora, en esta extraordinaria entrevista, Su Santidad les recuerda a los católicos de todas las edades que “Dios es joven; Él es siempre nuevo”. Dios tiene energía, espontaneidad, y deseo de cambio: cualidades juveniles que pueden utilizarse para luchar contra los numerosos problemas a los que se enfrentan la Iglesia Católica y el mundo en general. En este libro inspirador, la solución que el papa Francisco propone para estos problemas es simple: “una revolución de la ternura” que unifique a los creyentes de todas las edades con el objetivo de transformar al mundo.

Under the Cover

An excerpt from Dios es joven

I

Jóvenes profetas y viejos soñadores



Papa Francisco, para empezar, quisiera preguntarle qué es la juventud.



La juventud no existe. Cuando hablamos de juventud, inconscientemente, a menudo hacemos referencia a los mitos de juventud. Así pues, me gusta pensar que la juventud no existe y que en su lugar existen los jóvenes. Del mismo modo, no existe la vejez, sino que existen los viejos. Y cuando digo viejos no digo una palabra fea, todo lo contrario: es una palabra preciosa. Tenemos que estar contentos y sentirnos orgullosos de ser viejos, del mismo modo que por lo general se está orgulloso de ser joven. Ser viejo es un privilegio: significa tener suficiente experiencia para poderse conocer y reconocer en los errores y en los aciertos; significa la capacidad de volver a ser potencialmente nuevos, precisamente como cuando éramos jóvenes; significa haber madurado la experiencia necesaria para aceptar el pasado y, sobre todo, haber aprendido del pasado. A menudo nos dejamos dominar por la cultura del adjetivo, sin el apoyo del sustantivo. Juventud, ciertamente, es un sustantivo, pero es un sustantivo sin un apoyo real, una idea que queda huérfana de una creación visual.

¿Qué ve cuando piensa en un joven?



Veo a un chico o a una chica que busca su propio camino, que quiere volar con los pies, que se asoma al mundo y mira el horizonte con ojos llenos de esperanza, llenos de futuro y también de ilusiones. El joven camina con dos pies como los adultos, pero a diferencia de los adultos, que los tienen paralelos, pone uno delante del otro, dispuesto a irse, a partir. Siempre mirando hacia delante. Hablar de jóvenes significa hablar de promesas, y significa hablar de alegría. Los jóvenes tienen tanta fuerza, son capaces de mirar con tanta esperanza... Un joven es una promesa de vida que lleva incorporada un cierto grado de tenacidad; tiene la suficiente locura para poderse autoengañar y la suficiente capacidad para poder curarse de la desilusión que pueda derivar de ello.

Además, no se puede hablar de jóvenes sin tocar el tema de la adolescencia, pues no hay que infravalorar nunca esta fase de la vida, que probablemente es la más difícil e importante de la existencia. La adolescencia marca el primer contacto verdadero y consciente con la identidad y representa una fase de transición en la vida no solo de los hijos, sino de toda la familia; es una fase intermedia, como un puente que nos lleva al otro lado de la calle. Y por esta razón los adolescentes no son ni de aquí ni de allí, están en el ca- mino, de viaje, en movimiento. No son niños —y no quieren ser tratados como tales—, pero no son tampoco adultos —y sin embargo quieren ser tratados como tales, especialmente por lo que respecta a los privilegios—. En consecuencia, probablemente se puede decir que la adolescencia es una tensión, una inevitable tensión introspectiva del joven. Pero al mismo tiempo es tan fuerte que logra afectar también a toda la familia, o quizás es precisamente eso lo que la hace tan importante. Es la primera revolución del joven hombre y de la joven mujer, la primera transformación de la vida, la que te cambia tanto que a menudo trastorna también las amistades, los amores, la cotidianidad. Cuando se es adolescente, la palabra mañana difícilmente se puede usar con certeza. Probablemente, incluso cuando somos adultos tendríamos que ser más cautos a la hora de pronunciar la palabra mañana, sobre todo en este momento histórico; pero nunca se es tan consciente del instante y de la importancia que este reviste como cuando se es adolescente. Para el adolescente el instante es un mundo que puede trastornar también toda la vida; probablemente, en esa fase se piensa mucho más en el presente que durante todo el resto de la existencia. Los adolescentes buscan la confrontación, preguntan, lo discuten todo, buscan respuestas. Debo destacar lo importante que es este discutirlo todo. Los adolescentes están ansiosos por aprender, por salir adelante y ser independientes, y es en este período cuando los adultos deben ser más comprensivos que nunca e intentar mostrarles el camino correcto con su propio comportamiento, sin pretender enseñarles solo con palabras.

Los chicos pasan a través de estados de ánimo distintos, a menudo repentinos, y las familias con ellos. Es una fase que presenta riesgos, sin duda, pero sobre todo es una etapa de crecimiento, para ellos y para toda la familia.

La adolescencia no es una patología y no podemos afrontarla como si lo fuera. Un hijo que vive bien su propia adolescencia —por difícil que pueda resultarles a los padres— es un hijo con futuro y esperanza. A menudo me preo- cupa la tendencia actual a «medicalizar» precoz- mente a nuestros chicos. Parece que se quiera resolver cualquier cosa medicalizando, contro- lándolo todo y siguiendo el eslogan «disfrutar del tiempo al máximo»; y así, la agenda de los chicos se vuelve peor que la de un gran líder. Insisto: la adolescencia no es una patología que debamos combatir; forma parte del crecimiento normal, es natural en la vida de nuestros chicos.
Donde hay vida hay movimiento, donde hay movimiento hay cambios, búsqueda, incertidum- bre, hay esperanza, hay alegría, y también angustia y desolación.

- About the author -

Papa Francisco
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936. El 13 de marzo de 2013 él fue nombrado el obispo de Roma y el 266.º papa de la Iglesia católica.

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